miércoles, 30 de noviembre de 2011

Él la ve a ella, ella ve la ventana.


Siempre es la misma historia, ellos pelean con frecuencia, su ánimo; compañero de su amor, se ha desgastado. Sólo queda la costumbre, la indiferencia, el hartazgo.

Él aún la ama, o por lo menos eso es lo que él quiere creer. Ella se ama así misma, desea su libertad, pero no quiere abandonar su pasado, sencillo, alegre, feliz.

Afuera hay tormenta, ella observa la lluvia como queriendo caminar bajo ella para después correr, la lluvia resbala por la ventana; él la ve a ella como queriendo caminar juntos, hay lluvia bajo sus ojos, bajo su mirada incongruente.

Se quedan viendo un instante, las miradas son lo más sincero que hay y cuando ya no hay amor, es evidente. Se miran fijamente, observan su pasado, lo que fue, lo que nunca será. Están destinados a estar juntos, pero no bajo la lluvia, no bajo un falso amor, no en esta vida. 

Él besa su frente, sabe que es el último beso y por eso lo prolonga; el la ve a ella, ella ve la ventana, su libertad, la lluvia. Él abre la puerta, la tormenta se hace más intensa; es una tarde triste, la más gris de todas. Ella camina hacia él, lo abraza, no desea irse, pero sabe que debe hacerlo, caminar bajo la lluvia, buscar su libertad, buscar su destino. Él se quita el abrigo y se lo pone, quiere hacerle saber que siempre cuidará de ella, que siempre la protegerá de la lluvia; ella lo acepta y da el primer paso fuera de la casa, voltea su cabeza lo ve por última vez, se acomoda el abrigo y se aleja, da los primero pasos bajo la lluvia, él la observa alejarse cada vez más, el futuro no era una opción.

Cierra la puerta, ella se ha ido. También la lluvia, pero no la de sus ojos, ésa se quedará ahí cada vez que su risa coqueta le nuble la vista. 

Hay lluvia resbalando por la ventana, hay lluvia resbalando por su mirada.


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